Invocación al ridículo

El ridículo es el elemento dinámico, creador e innovador
de toda conciencia que se quiera viva y que experimente lo vivo.

< Todo acto que no sea ridículo, en mayor o menor medida, es un acto
muerto.

[…] Cuando uno toma el té en un salón y vuelve a colocar tranquilamente la
taza en su sitio, realiza un acto perfecto, un acto muerto, pues no
hay consecuencias ni en su conciencia ni en la de los demás. Pero
¡deja caer la taza al suelo derramando el té en la falda de una
señorita que habla francés y pídele excusas tartamudeando mientras
tratas de borrar la metedura de pata secando el parquet con el pañuelo
de batista! Por un instante eres ridículo, pura y simplemente
ridículo. De pronto, el acto se llena de innumerables virtualidades.
Lo estás pasando mal y en ese instante de turbación y de pánico
comprendes que tu vida es inútil, que la de los demás está vacía, que
eres un mono grotesco bien vestido y perfectamente arreglado en  un
salón adonde se va a perder el tiempo, adonde se va empujado por el
miedo a la soledad, por atracción hacia las vacuidades. Toda una
filosofía a partir de una taza de té rota por descuido. ¡Y eso no es
nada! porque sólo has sido ridículo en una mínima proporción, Ve a
decirles a la  cara lo que piensas de su té, que en el fondo es lo que
piensa todo ser dotado de razón, diles francamente que están perdiendo
el tiempo, que se están engañando, que llevan una vida artificial,
fáctica, inútil. Diles todo eso y dilo con pasión. Entonces serás
realmente ridículo, entonces la gente se burlará de ti, entonces
comprenderás que no puedes vivir tu vida sin ser ridículo.>

Fragmento de Mircea Eliade en su Invitación al ridículo

La creación de la imagen de un candidato se balancea entre el miedo al ridículo y la búsqueda de lo eterno. A menudo la mediocridad tiene como tributos «perfecto»y «definitivo».

Porque el ridículo del que hablamos no es una cuestión de formas, sino de objetivos, es aquello que puede ser retomado y profundizado por otro, es lo que nos permite cuestionar las limitaciones, que no los límites. He aquí el peligro: la moda no nos permite distinguir con precisión entre la pintura de una lata de sopa o una iconografía de la post-modernidad, ¿cómo distinguir pues el candidato freak que se recrea en las formas de aquel que, contradiciendo la espiral del silencio, nos presenta unas ideas que, a través del filtro de los medios, se ven freaks de igual manera? Aún peor, ¿cómo  distinguir, entre todo el ruido mediático, a un candidato de formas efímeras y objetivos eternos?  Mmm, parece todo un problema, un candidato que tiene cosas de decir, que tiene una idea de en la cabeza y que sólo parecen saberlo los que le conocen…

Pero ésta es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

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