Érase una vez…

En un país del Lejano Oriente iba un carpintero paseando cuando se encontró con unos trozos de madera e, inspirado, decidió construir la figura de una mujer.- “Será la figura más perfecta que jamás haya creado”-. Cuando acabó, la madera se convirtió en una obra de arte espléndida y el carpintero cansado y satisfecho con su trabajo se retiró a descansar. La base estaba creada.

Pasó por allí un sastre que al ver la maravillosa talla se inspiró y decidió vestirla. “Será la composición más perfecta que jamás se haya creado”. Cuando acabó la obra de arte se convirtió en la verdadera personificación de una mujer y el sastre, cansado y satisfecho con su trabajo, se retiró a descansar. La humanización estaba hecha.

Acertó a ver un perfumista aquella representación, se inspiró y decidió crear para ella el aroma más sublime. “Será un aroma que transformará la representación de una mujer en la de una diosa”. Cuando acabó, no había ser humano sobre la tierra que pudiera resistirse a adorarla. El perfumista, cansado y satisfecho con su trabajo, se retiró a descansar. Lo normal se había transformado en sublime

Pasó por allí un santo que al ver la representación divina, rezó a su dios y le rogó que le diera vida. “Caminará entre los seres humanos para inspirarlos y guiarlos”. Entonces la mujer cobró vida, estiró sus brazos y caminó. Lo sublime se convirtió en real.

Llegaron en aquel momento el carpintero, el sastre y el perfumista que habían despertado de su sueño y los cuatro empezaron a discutir de quien era el responsable de aquella maravillosa situación. …

En comunicación política los milagros sólo existen mediante el trabajo duro y con un equipo donde cada uno de los miembros es importante y en el que la relación entre ellos suma además como fuente de inspiración y crecimiento.

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